
Aunque sé que no debería, no he podido resistirme. En el artículo anterior, acabado de escribir no hace todavía ni diez minutos, comentaba de mi animal de compañía favorito, y, en su honor, homenajeando el hecho de que, debido a mi falta de tiempo y a otras faltas y otros excesos que ahora no vienen a cuento, he terminado por perderlo, me gustaría contarles brevemente de él.
Si este caballero de brillante dentadura descubriera este blog alguna vez, posiblemente me apedrearía, o haría fusilar sumariamente, o me haría beber una birra calentuja sin gas o alguna otra abominación sin nombre, afortunadamente, este blog es mi secreto, y las pocas personas que alguna vez han llegado hasta aquí, o incluso me han leído, son almas a las que jamás he puesto una cara, por no habernos encontrado en el mundo físico jamás. Está bien así.
Ahora es la hora apropiada para hablarles de este hermoso animal, pues la noche es su reino, y en la noche hemos compartido conversaciones, canciones innumerables, risas, sonrisas, complicidad, deseos, sueños, confesiones…
Este animal de bello pelaje es guardián de una sonrisa que aparece y desaparece, de una dentadura y un pelaje luminosos cuyo don y peligro es guiar y perder a Alicias extraviadas en países de las maravillas a los que no llega la luz del sol; este gato de Cheshire tiene como misión llevar rayos de luz a lo más profundo de la oscuridad, con el sólo propósito de luego desaparecer dejando a las pobres Alicias sumidas en una tiniebla si acaso más impenetrable y aterradora, ya que les niega luego el brillo de sus ojos sobre las ramas de los árboles.
Pero no piensen mal de este minino, es encantador, es un encantador de serpientes que haría que corrieras hacia el precipicio con una sonrisa en los labios en pos de su carcajada de lujuriosos colores. Inteligente, leal, divertido… Es todo lo que una puede desear de un animal de compañía, de la mejor de las compañías.
Desgraciadamente, hasta los lindos gatitos amantes de la noche tienen su parte oscura, y a veces el peligro que amenaza esa parte oscura es, precisamente, el miedo a la luz. Aunque sea a la luz de la luna.
Mi hermoso gato desapareció sin dar razones ni motivos, obedeciendo, lógicamente, a su naturaleza felina.
Aún así, todavía lo recuerdo con nostalgia, y, aunque para decirle con dios me sobren los motivos, todavía echo de menos la fría calidez de su sonrisa en las noches centroeuropeas, y su verbo ágil, y su lengua afilada, y la socarronería de sus ojos, y el brillo de todo él cuando, compartiendo una copa a miles de kilómetros de distancia mientras acortábamos la noche y galopábamos hacia el alba, aullándole a la luna, se las componía siempre para dejarme la estela de una sonrisa en los labios, aunque fuera abandonándome tiritando de frío por la ausencia de su calor en mitad del camino que iba directo hacia mi perdición.
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